En el censo agrícola del año 2000 quedaban 125 hectáreas de albanello en toda Italia, casi todas en Sicilia. Para que se entienda la escala: eso es menos que el viñedo de una sola bodega grande.
Es una uva blanca del este de la isla, repartida en restos por Caltanissetta, Catania, Ragusa y Siracusa, y estuvo a un paso de desaparecer del todo.
Lo que fue
Durante siglos se usó sobre todo para vinos dulces: se vendimiaba y se dejaba secar al sol sobre esteras unos días antes de prensar. En el siglo XVIII entraba en el Ambrato di Comiso, un vino caro y escaso del estilo del Marsala.
Pero no todo el mundo la veía así. En 1879 el enólogo Giovanni Briosi escribió que el albanello podía dar el mejor vino seco de Sicilia, y se quejaba de que casi nadie lo conociera, menos todavía fuera de la isla. Tuvo que pasar un siglo largo para que alguien le hiciera caso.
Por qué casi se pierde
Por lo de siempre y por algo propio. Lo de siempre: las uvas internacionales, que se vendían mejor y se cultivaban con menos problemas. Lo propio: el albanello madura tarde y es difícil de llevar en el campo, dos cosas que nadie perdona cuando hay alternativas cómodas.
El rescate empezó a finales de los ochenta, cuando Sebastiano Gulino se puso a buscar cepas supervivientes cerca de Noto, leyendo descripciones antiguas en latín para saber qué estaba buscando. Plantó dos hectáreas en 1998. Hoy hay un puñado de productores sicilianos trabajando con ella, algunos con la Universidad de Palermo detrás.
Conviene no confundirla con la albanella de las Marcas, que tiene un nombre parecido y, según el ADN, no es la misma uva.

De dónde viene el nuestro
De una sola botella: el SP68 Bianco de Occhipinti, donde es el 40 % de la mezcla junto a un 60 % de moscatel de Alejandría.
El vino pasa quince días macerando con las pieles y seis meses en concreto, y se embotella sin filtrar. Sale turbio, con durazno blanco, azahar y cáscara de naranja, con la textura que dejan las pieles y un final de almendra. Lo que pone el albanello es la acidez y el nervio: sin él, el moscatel se iría de dulzón y de perfume.
Dónde sí, y dónde no
Con cocina siciliana, pescados al horno, verduras asadas y quesos semicurados. Con cocina mexicana, cochinita, pescado a la talla, chiles rellenos. Aguanta platos con más carácter del que soportaría un blanco ligero, porque la maceración le da cuerpo.
Donde no es con nada muy delicado, que se lo come. Y no lo sirvas helado: entre 12 y 14 grados. Por debajo de eso la textura se cierra y es justo lo que hace interesante a este vino.
Por dónde empezar
No hay mucho donde elegir: el SP68 Bianco es la única botella de la tienda que lleva albanello, y por suerte es además la más barata de los blancos de la casa.
Si te gusta lo que hace aquí la maceración, el siguiente paso lógico son los otros blancos de Occhipinti, el SerraCalcara y el Santa Margherita, los dos de grillo y los dos por caminos distintos.

